Un Paso a la Vez

Reflexiones Diarias
VIENE DE FAMILIA (Testimonio)

30 mayo 2015

Cuando tenía siete años mi madre casi muere y yo, la mayor de tres niños, fui “mandada fuera” durante la mayor parte del año escolar. Hasta entonces, había sido una niña delgada y asmática a quien no le importaba la comida. Durante la enfermedad de mi madre estuve con tres diferentes familias, y gané tanto peso que cuando regresé a casa mi familia me apodó “Bola de mantequilla”.

Fui criada en una parte rural del medio oeste que realmente nunca salió de la época de la Depresión. Baptistas de la biblia, mi familia por ambos lados podría ser dividida en dos grupos: mujeres con extremo sobrepeso que eran comedoras compulsivas y hombres delgados que eran alcohólicos.

Naturalmente, yo me identifiqué con las mujeres, especialmente, con mi grande y diabética abuela cuyo destino siempre creí que compartiría. 

Nunca me sentí cercana a mi madre, quien no podía demostrar amor y juzgaba constantemente, pero a los trece años entablé amistad con una vecina buena y cariñosa, quien me dio el primer sentimiento real de aceptación. Como mis familiares, ella era obesa. 
Durante mis años en casa, mi madre me forzó a hacer dietas incomibles o estrafalarias para mantener mi peso bajo. Durante la mayor parte de mis años de adolescencia tuve una talla 14 o 16, pero ella me hizo sentir tan fea y gorda que en mi mente no había diferencia entre esa talla y la 26 y medio que iba finalmente a tener.
En la universidad, pude mantener mi peso en un nivel razonable hasta mi último año, cuando tuve mis primeras experiencias sexuales. Esto desencadenó una reacción de ansiedad y aumenté a 90 kilos en pocos meses. El peso pareció como el fin del mundo para mí, y por primera vez, me puse voluntariamente en dieta. Mientras tanto, dejé de tener citas y el peso disminuyó fácilmente.
El siguiente año fui a postgrado en el este. Estaba desesperadamente sola porque no encajaba con la sofisticación y me volví muy promiscua. En un año escolar pasé de la talla 14 a la 20 y medio. Eso fue el inicio de los años de miseria, porque nunca más bajé de esa talla y nunca más me sentí como una persona normal hasta que fui a Comedores Compulsivos Anónimos a la edad de treinta y cinco. 

Los años del intervalo estuvieron marcados por la depresión, el odio hacia mí misma y el aumento consistente de la cantidad de kilos. Estuve en terapia por depresión durante al menos diez años, siempre pensando que comía porque estaba deprimida, no admitiéndome que la verdad era al contrario: estaba deprimida porque comía. 

Comía camino a la terapia, comía después de la terapia y casi nunca hablaba de mi peso o de la comida con ninguno de mis terapeutas. Sólo hablaba de ello cuando estaba haciendo dieta así como la única vez que me subí en la báscula fue cuando había hecho dieta por lo menos dos semanas. La negación era mi gran defensa.

Las dietas que intenté eran las mismas que todos intentaban. Una vez hasta tuve una grapa en mi oreja, puesto allí por un osteópata “acupunturista” quien me dijo que moviera mi oreja cada vez que quisiera comer. La mayoría del tiempo la movía después que comía, así que no me ayudó. Jamás intenté pastillas para adelgazar, me consideraba a mí misma muy buena, pura y libre de drogas para eso, así que sencillamente seguí drogándome diariamente con el azúcar y aumentando de peso.  

En cualquier momento que eligiera podía perder veinte kilos en seis semanas, pero como eso era inevitablemente seguido por un aumento de veinticinco kilos en pocos meses, gradualmente dejé de hacer dietas del todo. Me  había interesado en la astrología, y me convencí a mí misma que mi carta mostraba que estaba condenada a una vida de obesidad. 

En la superficie mi vida era exitosa. Vivía en una casa preciosa, estaba saliendo con un hombre atractivo y sensible que me amaba, y tenía mi primer libro en proceso de publicación. Finalmente había organizado mi carrera así que podía trabajar la mayor parte del tiempo en casa, como siempre lo había querido hacer. Pero estaba dándome atracones y aumentando de peso, y cuando superé los 140 kilos, quería suicidarme. La última gota –o quizás el primer paso a CCA fue otra mirada a mi carta astral. Todo estaba configurado para repetir las condiciones que habían coincidido con el aumento de 50 kilos doce años antes. Estaba en el rango de la distancia a los 150 kilos por los atracones.

Intenté un último y desesperado esfuerzo con la dieta. Me amenacé a mí misma que si no funcionaba iría a Comedores Compulsivos Anónimos, del cual un amigo me había comentado. Por raro que parezca, aunque me gustaba Alcohólicos  Anónimos (un amigo cercano es un alcohólico en recuperación, y me había llevado a unas cuantas reuniones), CCA sonaba desalentador. Estaba impresionada con AA y hasta había comenzado a absorber parte de su filosofía; aún, estaba segura que CCA no me haría ningún bien.

Habiendo fracasado miserablemente en mi última desesperada dieta, comí compulsivamente durante la última temporada festiva. A principios de enero, me arrastré en medio de una tormenta de nieve a mi primera reunión de CCA. 

No fui una de esas personas que consiguen instantáneas abstinencia. Mi reacción emocional en esas primeras semanas fue como desencadenar un ciclón de dolor. Significó enfrentar todos los sentimientos que acostumbraba esconder comiendo, tales como la rabia, la soledad, el deseo y sentir el decir a la gente cuando realmente quería y necesitaba decir no. 

Tercamente me resistía a tomar una madrina. La imagen de mi controladora y dominante madre y sus dietas obligadas hicieron mi resistencia muy poderosa en ese punto. Continué dándole vueltas en las reuniones tal como me dijeron, y gradualmente me sentí más en paz con esto. No fue sino hasta tener dos meses en el programa, cuando me estaba acercando a mi usual punto de retorno de los 20 kilos menos que comencé a ver que tenía que tomar una madrina si quería mantener lo que el programa me estaba dando. Finalmente, mi Poder Superior se puso impaciente con mis titubeos y movió a una fina mujer quien había estado observando mi lucha, a preguntarme si quería que ella me apadrinara. La acepté con temor, se veía inquietantemente estricta  y en una semana obtuve mi abstinencia.

Perdí peso vertiginosamente: 50 kilos y doce tallas en nueve meses. Con la comida estaba tranquila la mayor parte del tiempo y más cómoda, tengo que admitirlo, que con mi nuevo cuerpo y mi nueva identidad. Tanto como había fantaseado con convertirme en una persona de talla normal, y estaba aterrada cuando realmente ocurrió. 

Pasar de una talla 18 a una 16 fue una real crisis; parecía simbolizar el cruzar la barrera entre ser una persona anormal y gorda y unirme a la raza humana. La gente me decía “debes estar muy feliz” y honestamente no podía decir sí. Aproximadamente por un mes, me sentí increíblemente, tensa, asustada e incómoda. Descubrí que tenía miedo de los hombres, e igualmente, que me aislaba emocionalmente de todos, dentro y fuera del programa.

Manejé esto de la misma forma en que he manejado cada crisis que enfrento desde que me uní a CCA (Las crisis no se detienen solo porque esté abstinente). 

Trabajo el programa dos veces más duro. No hay herramienta alguna que no utilice. Voy a más reuniones y me aseguro de manifestar exactamente el problema que me está molestando.

Eso ayuda…Escucho en las reuniones como si mi vida dependiera de ello, porque depende. Especialmente escucho a las personas con problemas similares, y me abalanzo como un rayo láser a las personas que han recaído, porque puede sucederme a mí si no aprendo de los errores de los demás. Hago llamadas. Rezo por orientación, escribo mis sentimientos.

Cuando los pensamientos de comida retornan, los tomo como sentimientos, no como mandatos que tengo que seguir. En efecto, estando un poco dentro del programa aprendí que comía aun cuando no quería. A menudo comía cuando solo estaba sedienta. Me di cuenta que a veces cuando me estaba dando atracones ni me gustaba la comida; se convertía en una enorme carga consumir todo aquello. Ahora, procuro hacer las horas de comida serenas y agradables. Bendigo sencillamente la mesa antes de cada comida: “Dios, gracias por esta deliciosa comida, y gracias porque no tengo que comer mucho de ella”. 

He llegado a sentirme contenta con mi nuevo cuerpo y mi nueva identidad. Ahora, cuando las personas dicen “debes estar muy feliz” yo prácticamente canto fuerte que realmente lo soy. Aún me sorprendo cuando me veo en un espejo o en la vidriera de una tienda, y todavía me conmuevo hasta las lágrimas de entrar en una talla mediana. Ya no tengo el odio hacia mi misma que viene junto con sentirse un monstruo. La atención masculina que estoy atrayendo me asombra y me agrada. Me estoy acostumbrando a todo esto, pero no soy auto complaciente; sólo a gusto y muy agradecida. Tengo una vida por la cual sentirme entusiasmada en vez de una muerte viviente. 

En un sentido, los cambios del cuerpo, por maravillosos que sean, son superficiales. El regalo más importante del programa es aprender una forma de lidiar con la vida. 

Las personas compulsivas han aprendido solo una respuesta al estrés: para el alcohólico la respuesta es la bebida, para el comedor compulsivo es la comida. Cualquiera que sea el estrés, nosotros comemos. Realmente no ayudaba, pero  no sabíamos que más hacer. Ahora sé que hacer. Trabajo mi programa, y me ayuda en una forma que la comida jamás lo hizo. No sólo me siento mejor en el momento, sino que mi vida también mejora. Es una maravillosa sensación. 

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